Sintió un leve mareo y se sentó al borde de la cama. Abrió lo ojos con la cara en sus manos, preguntándose porque. Medianoche y el Campaneo de la Torre Gris era aturdidor. La miró por la ventana, como siempre, curioso, pero angustiado por no poder salir de ahí, de su celda, de su prisión, para dar un paseo, para respirar. Eso era algo que no los oficiales y los jueces eran capaz de entender. Ellos sólo hacían su trabajo.
Hugo comenzó a hacer flexiones. Era lo único productivo que podía hacer mientras le atacaba el insomnio.
Los otros reclusos lloraban y se desesperaban en sus pequeñas y asquerosas celdas. La atención era mínima y la comida escaseaba, a propósito. Sólo los más fuertes de mente y voluntad lograban seguir con vida, entre la humedad, el oxido y el musgo de las paredes, de una prisión olvidada, más horrible que el mismo castigo que los Jueces pudieran dictar.
Las latas y fierros sonaban a lo lejos, los gritos y las suplicas. Hugo llevaba dos días sin dormir, pero no caía en la desesperación. Miraba por la ventana hacia la Torre. Lo tranquilizaba, le daba esperanzas de algo que nunca vendría. Sabor a libertad.
Y el mareo otra vez.
Por fuera de la celda se paseaba Ana. La guardia consentida y la única en la que los reos cuerdos confiaban.
- ¿Otra vez mareado, Hugo?
- No tienes por qué preocuparte, Sheldon
Ana miraba la pequeña foto que Hugo tenia pegada al costado de su cama. Aparecían una pequeña y una hermosa chica de aspecto joven.
- …Sé que es difícil. Aun te quedan diez años y…
- No vuelvas a repetírmelo, carajo.
Hugo destrozó con la mirada a Ana, quien se sintió intimidada, aun protegida con la separación de acero que otorgaban los sucios barrotes.
Y otro mareo.
Dos semanas con los mismos mareos y los extraños dolores de cabeza. Sólo se calmaba al mirar la Torre Gris, con su campaneo exacto, hipnotico.
¿Que habría ahí? El sabor de la libertad ya lo había olvidado hace rato, pero había una cosa que lo mantenía con vida, casi cuerdo, casi al borde de la muerte, por aceptar su destino de pudrirse en prisión.
Mareo otra vez. Intenso. Trató de pedir ayuda, balbuceó un par de veces y vio llegar a Ana, quien trataba de abrir la puerta.
Pero esta vez lo superó. Hugo sentía la voz de Ana resonar con un Eco a lo lejos, estirando las manos inútilmente, tratando de encontrar algo que lo sacara de ese extraño Vortex.
Y de fondo, el campaneo incesante.
Despertó de pie, alerta y algo sofocado. Miró alrededor y su celda ya no era lo que era.
Una habitación Roja, decorada con imágenes manchadas de una niña rubia, Ojos verdes, hermosa.
Su Nombre era Nadia. Era su hija.
Corrió hacia uno de los muros y miraba llorando la foto de su hija. La sangre en las imágenes no le importaba, ni tampoco las altas temperaturas que hacían que su piel se quemara al contacto de la pared. Era su hija, su pequeña.
- ¿Papá?
El llanto se detuvo en seco. Se alejó de la foto de su hija para voltear a ver… a su hija.
La Chica estaba en su vestidito Rosa, como la última vez que la vio antes de ser detenido por un crimen que no había cometido. Vagos y desagradables recuerdos se le venían a la cabeza, provocando dolor, tanto físico como sentimental. Mareos venian, mareos iban, ya estaba harto de los putos mareos. La situación se le escapaba de las manos. ¿Era un chiste o algo así? ¿Un castigo de Dios? Su mente se inundó de dudas y de dolor inimaginable.
Pero resistió.
Se acercó lento a la pequeña, sin dejar de ser cauteloso.
- Nadia… Pequeña…
Sorpresivamente, de los ojos de la pequeña, salían lágrimas grises, a medida que iba sonriendo. Cegado por los recuerdos, mandó a la mierda todo lo que había en su mente y corrió a abrazar a la pequeña, pero al momento del contacto, todo se fue a negro, tragado por una oscuridad abismante.
Un Grito de dolor adornó la dantesca escena.
Luz roja y brazos ensangrentados, heridos.
Y la pequeña, riendo diabólicamente, con lágrimas negras y manos manchadas con la sangre de su padre. Se quedó con los brazos abiertos, congelada en su lugar, esperando.
El contacto con su hija le producía quemaduras gravisimas. Un dolor inimaginable recorria el cuerpo de Hugo mientras veía pedazos de piel colgando a lo largo de las extremidades.
Respiró, se calmó, como pudo.
Pasaban los minutos y Hugo se mantenía en su lugar, sorprendido y casi sin respirar. Hasta creía sentirse más cómodo en la celda aquella que en ese lugar.
Golpeado con los recuerdos, rompía en llanto de nuevo, desesperado y sofocado con el calor del lugar.
Hasta que lo entendió.
Si quería salir de ahí, debía sufrir. Todos los años de cárcel lo habían hecho fuerte, mentalmente fuerte. No dejaba de ser extraño, ver la imagen de su pequeña, deformada con pura maldad, en un lugar que sólo Dios sabía que era…
Al Carajo. Con el dolor de su alma y de sus brazos quemados, abrazó con fuerzas a su pequeña, quien iba cambiando su semblante a medida que la piel en los brazos de Hugo se disolvía, por culpa de ese abrazo medio melancólico.
De pronto se fue a negro, con la imagen de la pequeña que tanto amaba, hermosa. Y de fondo, un campaneo que se le hacía familiar.
Despertó y se sentó al Borde de la cama. Dio una gran bocanada de aire y se percató de que estaba e su vieja y adorada celda. Extrañado, se puso de pie y miró con curiosidad la marca en sus brazos. Pensó que sólo había sido un sueño…
- Tú si que eres un dolor de cabeza, Hugo.
Hugo volteó agresivamente, par ver que Ana estaba sentada en la esquina oscura de la celda.
- Tú no deberías estar aquí…
- Tengo que estar atenta, Hugo. Tu desmayo me dejó preocupada.
- Los otros reos también son tu responsabilidad. Sólo soy uno más – Decía Hugo, dándole la espalda y mirando por la ventana.
Ana se levantó resignada con llaves en mano, salió de la celda y cerró firme la puerta de hierro.
- Al menos tú no estás loco, Hugo.
Iban dos días de mareos y malos recuerdos. De un asesinato, o mejor dicho, suicidio, que pasó en frente de sus ojos. De la imagen de su hija viendo a su madre tirada en el suelo y a su padre, con una arma en sus manos.
Pero él no había sido. Él no tenía la culpa.
Flashback constante y doloroso, que hacía contraste con el olor a Muerte que se respiraba en el lugar. Diariamente se retiraban cuerpos de algunas celdas. Algunos se suicidaban. Otros morían de hambre. Otros simplemente desaparecían.
Y otros se mantenían vivos. Como Hugo.
Aunque él Iba sintiéndose progresivamente peor, vomitando, casi sin dormir ni comer.
Y en su cabeza, un incesante campaneo.
Pensaba en lo que había pasado, aturdido, casi con ganas de morir. Pero las ganas de recordar y de resolver las dudas era más fuerte.
Pero no más fuerte que los dolores de cabeza y que los mareos.Todo se volvía negro. Otra vez.
Despertó en un pasillo, totalmente a oscuras. Lamentos tristes y desesperados se oían a lo lejos. Si ese era el Infierno, pues la verdad no estaba tan mal, pensaba Hugo. Extrañamente no podía incorporarse, ni moverse. No podía ver bien en que condición estaba, como adormecido, anestesiado. Una lucecita iluminó hacia el final de aquel lugar. Tomó una gran bocanada de aire y aguantó las ganas de gritar, al percatarse que al extremo del pasillo, había una chica de cabello castaño, hermosa, parecida a Nadia.
Era Luz, su mujer.
En su desesperación, trató de moverse, pero un dolor infernal invadió sus manos y sus pies.
Después de gritar y tragar saliva, miró con terror unas cadenas que lo sujetaban firme, penetrando la piel y la carne, pasando justo por sus tendones.
Un campaneo se oia a lo lejos. Hugo lloraba por el dolor y por la impotencia de no saber que era lo que pasaba. Miró de reojo como la sangre de deslizaba por sus antebrazos, y tambíen cómo la mujer de su vida se mantenia de pie, como inmutada, testigo de lo que pasaba con su marido.
…pero lo miraba con dulzura.
Una lamparita roja sobre él, una sobre ella. Hugo tomó aire nuevamente, resignado, ya sabía lo que debía hacer para llegar a su mujer, y encontrar respuestas.
Juntó fuerzas mientras trataba de no ahogarse. Miró su brazo derecho, que colgaba de la cadena, sosteniéndose por debajo de los tendones.
Cerró los ojos, pensando en su familia, y en los recuerdos de un hecho que lo condenó a la redención…
…y tiró.
Luz, al otro extremo, parecía no tener dimensión del dolor que sentía su marido en esos momentos.
Del brazo de Hugo, colgaban carne y tendones. Y de su boca, gritos de desesperación que venían desde lo profundo del infierno.
Interesante era ver que el amor por su mujer no detenía el espectáculo, pero si alentaba al sacrificio…
¡El Campaneo, por Dios!
Y luego, miró hacia la puerta abierta de su celda, hacia la soledad de la cárcel y a la libertad que lo esperaba ahí, a unos tres o cuatro pasos.
Iba adentrándose más en sus pensamientos a la vez que se movía a todo lo que sus piernas podían dar. Pensaba en el juicio, en Dios y en el Diablo… no había nada justo en la tierra, Dios ya se había olvidado de nosotros.
Tropezó con una pierna cercenada y cayó bruscamente. Trató de recuperarse rápido, pero se sentía perdido. Años que no caminaba por otra parte que no fuera la sucia celda. Le sorprendían los horrores que podía ver en el lugar… cadáveres por montones, cortados, colgando del techo, tirados. Vio al fondo un pasillo que parecía no tener fin, que se encogía más y más…
Punto muerto, y comenzó a sentir un alivio, una corriente de aire. Un nuevo camino se abría ante sus ojos.
Trabajaba de noche. Iba llegando a casa, feliz, deseando el beso diario de su hermosa mujer.
Pero un ladrón de mala muerte amenazaba a su mujer en la puerta de la casa.
Sacó su arma de servicio, cual detective, apuntando, amenazando, defendiendo a su familia.
La mujer protegía a su hija, metiéndola a la casa por órdenes de Hugo. Pero el delincuente zafó y entró a la casa, a la vez que Hugo daba dos disparos hacia la confusa oscuridad.
Desesperado trató de socorrer a sus mujeres, ellas, agonizantes, pero aun vivas. Luz le decía a Hugo que se calmara, que no era su culpa…
Las luces de los autos policiales daban un extraño contraste, mientras que del ladrón, ni rastro.
Hugo tenía el arma aun en sus manos.
Homicidio calificado.
Y nunca más supo de ellas…
Avanzando paso a paso, comenzó a sentir calor. Y mientras más avanzaba, comenzaba a sentir ardor. Luego quemaduras.
Llegó mal herido, sufriendo., las marcas de los castigos, de las pruebas anteriores tomaron forma y se hacían sentir.
¿Es la muerte otro cumpleaños? ¿El castigo por la Muerte es así de válido?
En el precipicio, estaba el perdón que tanto ansiaba.
De pronto no sintió sus labios. No sintió sus brazos.
Pero para él, el sacrificio valía la pena.
Se apresuró a mirar el brazo izquierdo, lo cual era lo único que lo sostenía. Angustiado, triste y casi al borde del desmayo, se esforzó en mirar a su amada Luz, quien extrañamente, había avanzado unos pasos al momento de que Hugo destruyó su brazo derecho.
Bastó una sonrisa esbozada en los labios rosa de la hermosa mujer para que Hugo se pusiera de pie, y tirara con fuerza el brazo izquierdo. Con fuerza, con rabia. Con amor.
La sangre se esparcía y se escurría entre las rejillas metálicas del piso. Lloraba amargamente, y le suplicaba a Luz que viniera, que lo reconfortara, que de alguna u otra manera aminorara el dolor que ya casi lo mataba.
Los brazos, ambos destrozados, inútiles y con los músculos palpitando, sangrando de sobremanera con la carne esparcida por el lugar.
A paso delicado, toda una señorita, en contraste con el oscuro y rojizo lugar, Luz se acercó a Hugo, se agachó, llevo sus delicadas manos a la cabeza del desgraciado y jugó con su cabello.
Mientras el comenzaba a convulsionar.
- ¿Por qué tanto sacrificio, mi amor?
- Por… porque las amo…
Luz se puso de pie y rodeó el moribundo cuerpo de su amado, dirigiéndose a los pies. Miraba el lugar, las dos lámparas que daban una pobre luminosidad, el pasillo sin salida, todo enrejado, todo metálico, con ruidos rechinantes, industriales, a lo lejos, como infiernos paralelos, como habitaciones reservadas para otras torturas, a otros infelices…
Y ella, mientras acariciaba los pies de su marido, le hablaba con voz dulce y serena.
- ¿Oyes el campaneo? Viene de la Torre que tanto amas.
Hugo, aun consciente, balbuceó
- Las amo a ustedes… me… me aferro a ustedes dos…
Luz, tomó la pierna de Hugo, dejando las cadenas que pasaban por la carne, tirantes.
- ¿Me amas, mi vida?
- …Más que a nada… -Respondió Hugo, a punto de vomitar.
- Entonces tira de la cadena y libérate…
- No puedo… no… no puedo…
- Hazlo, si me amas, lo harás
- No me quedan fuerzas –Lloraba Hugo, mientras Luz tiraba más fuerte del pie.
- ¡Hazlo, Maldito pedazo de mierda!
- Maldit… ¿Qué?
Entonces Hugo reaccionó.
Tiró como pudo, rasgando la carne, rompiendo tejido, vasos, venas y poco a poco, los tendones.
Dejo caer las lagrimas y algunos jugos gástricos, mientras que casi por inercia y con la adrenalina a todo lo que daba, tiraba y tiraba, gritando, maldiciendo, con Luz mirando, salpicada en sangre y riendo de la manera más dulce que una mujer podía mirar.
Una cadena menos.
Tirado en el piso, Hugo convulsionaba de nuevo. Ya no era consciente de las cosas, pero si de la mujer que tomaba el pie que quedaba amarrado.
- Yo te ayudaré con ésta…
Despertó. Su celda, su cama, la suciedad y el olor a concreto. La ventanita, la Torre Gris, el campaneo. Vio las marcas en sus brazos y piernas. Vio las quemaduras en sus hombros. Vio todo lo que ya le parecía familiar, que hasta ese punto, lo tranquilizaba.
Pero se extrañó al ver la puerta de su celda, abierta.
También encontró extraño no oír los gritos de costumbre. No escuchar a los otros presos sufrir, gritar y suplicar por piedad.
Y tampoco vio a Ana por ninguna parte.
Se sentó en la cama, miró la foto de sus amadas… estaba confundido, no entendía nada, era increíble que hace 2 minutos, estuvo sumido en el sufrimiento más jodido de todos, ahí, en persona. Era increíble ver a su hija y esposa de forma tan diabólica. Era increíble, no entendía nada… pero lo único certero, era el campaneo.
El campaneo…
Se levantó de un salto, y miró hacia la torre gris.
No lo pensó dos veces. La Torre lo aguardaba.
Impulsos e imágenes lo seguían mientras corría desesperado por los pasillos de la prisión, abriendo puertas, sorteando cadáveres putrefactos, un verdadero laberinto, oscuro, silencioso, de aire pesado.
Corría, caminaba, con el campaneo constante, asqueado del olor y de las partes humanas que debía correr hacia los lados.
Se encogía aun más el espacio. Ya casi estaba de rodillas. Silencio.
Comenzaba a afectar una especie de claustrofobia, extraño en un preso como él.
Pero las campanas lo llamaban.
Se arrastraba. Sangre por doquier, respiraba apenas y la sangre casi inundaba el lugar.
A un par de metros, imponente, apareciendo de forma inexplicable, la Torre Gris.
Y en la Punta de la torre, 2 personas.
Corrió, feliz, subió piso por piso, con sentimientos de libertad, con sentimientos de perdón.
Los buscaba, lo ansiaba, por el hecho que ahora podía recordar con claridad.
Fueron acercándose de a poco y se enfrascaron en una lucha.
Silencio y llantos. Sangre, y una familia herida.
Se lo llevaron a la cárcel, y la mujer con la niña, al hospital.
…por lo menos hasta ese momento.
En el último piso, justo debajo de la campana, podía ver a su mujer y a su hija. Silencio total y una brisa bajo un cielo nuboso.
Se le borraba la visión, pero no despegaba la vista de su familia. Ahí estaban, estaban vivas, era cuestión de voluntad, no importaba que mientras más se acercara, su piel fuera quemándose, fuera explotando en pequeñas erupciones de Pus. No le importaba.
Cayó de rodillas y el campaneo comenzó a aparecer. Sintió una voz a su espalda.
Giró como pudo, y ahí estaba Ana, esa chica de la cárcel, la chica que lo cuidó durante tantos años, en su calvario.
Ana, acercándose de a poco a Hugo.
Hugo, llegando al precipicio de la Torre, vio desesperanzado cómo su familia se desvanecía.
La brisa corría suave. El campaneo era suave. Ana corría hacia él. Todo se desarrollaba como en cámara lenta.
Su familia había muerto, por su culpa. Pero Hugo sólo buscaba defenderla.
Y junto a Ana, quien ya estaba llegando hacia donde estaba él, La redención de las cosas que no fueron su culpa.
Lloraba. No por el dolor de su cuerpo, si no por la puta vida.
Ana lo rodeó entre sus brazos. No le importaba mancharse con sangre, quería ayudarlo. Quería ayudar al chico atormentado, quería remendar su alma y su corazón.
Hugo la miraba con admiración.
- Quédate conmigo. Ya no hay nada que hacer…
Se pusieron de pie, ambos, apenas.
Hugo ya sabía qué hacer. Estaba todo claro…
Con las últimas gotas de energía, tomó a Ana y la besó.
Redención.
Ella quería apretarlo entre sus brazos, besarlo aún más profundo, pero…
Perdón.
El cuerpo de Hugo se dejó caer por el precipicio de la torre, mientras un triste campaneo adornaba la escena. Ana saboreaba sus labios mientras veía como el hombre al que quería salvar, prefirió el verdadero sacrificio, el Perdón que tanto ansiaba, para vivir de verdad, para tener su atormentada alma, en paz.
Ana lloraba amargamente.
El cuerpo de Hugo, destrozado en el suelo.
Su alma, llegando a la casa en el cielo, donde su familia lo esperaba.
Y la Torre Gris, con su campaneo, captaba la atención de algunos reos desesperados por obtener el perdón a sus acciones